Señor, no permita Usted que desprestigien más a la Universidad, a los y las académicas, a los y a las estudiantes

Señor, no permita Usted que desprestigien más a la Universidad, a los y las académicas, a los y a las estudiantes

Palabras a José Lema Labadie , Rector General


Es Sábado Santo y al ratito se abre la Gloria. Acabo de leer en El Sol de México, que este Lunes de Pascua si se acabará la huelga de 50 días (dos trabajos terminales suspendidos, los apoyos Conacyt esfumados, tres quincenas sin cobrar, mi Peugeot vendido –No lo remate Maestra, yo le ayudo a venderlo bien-- unos 40 futuros abogados, doy clases en una de las 10 mejores escuelas de Derecho del país, sin sus 11 semanas de clase, la admisión, el nuevo ingreso quien sabe dónde), pues la Secretaría del Trabajo va a intervenir.
Cuando se acabe la huelga, ¿cómo vamos a regresar a la UAM?, pensé inmediatamente. Mejor me pongo a escribir, algo para mi blog que no subo nada desde las inundaciones de Tabasco; y esta huelga es como otro desastre. Y sí, voy a mandar la conferencia para el Congreso de la Familia de la Cruz, en julio, en Monterrey tal vez para entonces. Y acaso me anime a solicitar algo al BID o al Banco Mundial… Encontré este texto que escribí hace 6 años, en la otra huelga, cuando eran otros los negociadores; otros y otras las estudiantes; otras y otros los rectores; los únicos que somos casi casi los mismos: profesor@s.
No lo publiqué entonces, lo hago público ahora. Acaso mostrarlo a los y las demás, ayude a despejar esos sentimientos de rencor, las manifestaciones de racismo y clasismo, y las expresiones de incomprensión, falta de amor a México, que circulan en el espacio sociocultural que al parecer ahora sólo yo llamo “comunidad universitaria”. Y digo que “sólo yo”, pues nadie habla de la “comunidad universitaria”, de nosotros y nosotras l@s profes y l@s estudiantes; los términos cambiaron. La prensa, los medios, los emails que me llegan de todas partes, anónimos y con firma, que si del local de Tlalpan, que si del Salón del Valle o del Parque México, hablan de sindicalistas, de huelguistas, de secretario y secretaria general, de alumnos, de representantes, de cachirules, de flojos y revoltosos y otros títulos que desconozco, que no significan “comunidad”, ni menos “universitaria”. Hace 6 años titulé el texto “Huelga y dignidad: dejar morir una Universidad”. Hoy se lo dedico a José Lema Labadie, con aquella retórica femenina: “Te lo digo a ti, mi hija, para que me entiendas tú, mi nuera”.



--Ya llegó. Ese es.
--Ni loca lo voy a saludar.
--¿Cuál, el grandote?
--Sí, este que acaba de entrar y anda saludando, ese es.
--Pues yo sí lo voy a saludar, tengo algo que decirle— les dije a Paty y a María, las dos con doctorados y viajes de estudio internacionales como yo, con más de veinte años de trabajar en la UAM, varias publicaciones y muchos reconocimientos y distinciones como profesoras investigadoras. Me paré de un salto y pensé lo que suelo decirme en situaciones de peligro: “Si logro que me vea como ser humano, ni me mata ni me deja morir”.
El hombre alto y canoso caminaba delante de la primera fila dando la mano y mirando a los ojos a los y las sindicalizadas. Hablaba sonriente, tranquilo, seguro de su papel. Yo me aproximé por la espalda, (“Ay, sí que es grande”) le toqué el hombro, se volteó y me miró. Su blancura me impresionó; parecía un criollo del siglo pasado, un cañero, un líder, un hombretón (“Ya sé, me recuerda al Dr. I.Q. Claro, es un profesor, un líder intelectual”) El hombretón tuvo que agacharse para poder oírme. Lo hizo y siguió sonriendo, me ponía atención; eso me dio confianza, y la necesidad, alas:
--Me llamo fulana de tal y trabajo desde hace 22 años en UAM—Azcapotzalco. Soy profesora, publico regularmente en México y en el extranjero; soy investigadora nacional y he recibido muchos premios en la UAM y fuera de ella por mis actividades universitarias. Suelo dar conferencias en medios de comunicación y en otras universidades aquí y allá. Amo mis clases, me encantan mis estudiantes y me gusta mi comunidad de aprendizaje. Como yo, hay cientos y cientos de académicos, los conozco. Vine a verlo porque ayer en la mañana, Día de la Mujer, la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística me dio un premio por mis investigaciones; y por la tarde escuché una entrevista que le hicieron a Usted en un noticiero de radio. Se dio la noticia de que cien investigadores de la UAM habían decidido formar otro sindicato para levantar la huelga (“Me sigue escuchando y la voz ya dejó de temblarme”). Tras la información se dijo que a ver si así aprendíamos estos investigadores, que ya no iba a haber más huelgas, que ya era hora de levantarla, que éramos unos irresponsables y que teníamos que habernos movilizado antes del estallamiento. Señor, nos llamaron irresponsables. Y Usted sabe, porque también ha sido profesor e investigador, que no somos irresponsables.

--¿Quién dijo eso? ¿Quién lo dijo?

Me hablaba un trueno. Su pregunta me aterrorizó y no supe contestarle. No pude decirle que en la transmisión de la noticia, las voces del entrevistado, el reportero y el comentarista se entremezclaron, y ya no supe quién nos llamó irresponsables, quien dijo que a ver si así aprendíamos los investigadores. (“Que él no me refute porque estoy perdida. No tengo claros los datos de la fuente tampoco, esos cuadrantes tan pequeños no permiten distinguirlos con claridad, y siempre le anda una dando de vueltas al sintonizador para oír mejor. Para variar, muchos de los comunicadores estudiaron en la UAM, eso duele. ”)

--Señor, yo vine a decirle que no permita Usted que desprestigien más a la Universidad, a los y las académicas. Usted es académico y sabe lo que es ser profesor de la UAM. Haga algo, haga algo, por favor. Gracias.

Respiré tranquila. Me dijo que sí, que ya lo vería, que ya cuidaría él de la imagen de los y las académicas. (“Ojalá cuide los salarios de todos y todas”). Me sonrió; di media vuelta y me fui a sentar complacida. Solís no es un monstruo indiferente, es un profesor que ahora tiene que desempeñar un papel complicado, ingrato.
Por primera vez en dos décadas decidí asistir a una negociación de huelga. Después de tantos años de compartir la Casa, creía que los conocía a todos. He vivido unas diez huelgas; he propuesto programas y convenios; asesorado a rectores y rectoras; me han ayudado los abogados y jefes o jefas. Al sindicato le he mandado copia de mis quejas y malestares; se han resuelto con madurez y crecimiento todos los desencuentros y conflictos. He sido simplemente profesora, simplemente investigadora, funcionaria, jefa de área, representante de académicos, dictaminadora, electa y designada. De hecho creo que en mi comunidad de aprendizaje todos y todas aprendemos, unas más, otros menos; con diferencias temporales y cualitativas, pero los y las uameras mejoramos siempre como personas. Nuestros salarios no mejoran; así, el empobrecimiento y la desigualdad se van apoderando de nuestras unidades. Nos rodean la indiferencia y la ignorancia, caldo de cultivo para la violencia.
Por un lado, las noticias hablaban de que las autoridades llegaban tarde a las negociaciones o las retrasaban (“Estos muchachos no aprendieron bien expresión oral, no son autoridades, ni que fueran policías, son funcionarios, servidores públicos; autoridades las del Colegio Académico, las de los Consejos”), que no estaban dispuestas a negociar y habían roto las pláticas y no daban ni un quinto más del que anunciaron antes del “estallamiento” (“!Ay! O estudiaron el alguna Universidad patito de la colonia Roma o se fueron de pinta en las clases de comunicación”). Ahora, decían que la huelga se levantaba el lunes y sólo con 40% de salarios caídos. Por otro, me llegaban emails y telefonemas de que había que desindicalizarse. Que no importaba quedarse sin contrato colectivo. (Caray, que no saben de los acuerdos de la OIT que México ha suscrito). Y yo pensaba en mis colegas estadounidenses, los genios que un día llegan a su cubículo y se encuentran con que un policía les impide el paso a sus laboratorios y les entrega sus cosas en una caja de cartón. Me acordé de que mi amiga Isabela demandó a su Universidad de Luisiana pues le suspendió el contrato, y que todavía no logro convencerla de que aproveche el programa de repatriación de PROMEP. “Menos mal que decidiste venirte a USA y la justicia no la han privatizado. Si estuvieras en Inglaterra, ahí tendrías que pagarles a todos, desde jueces para abajo.” Pensé en el miedo que tenemos a la privatización de la Universidad, a que se acabe la posibilidad de una educación superior gratuita y siga cundiendo la narcocultura como en Brasil o Colombia, donde todo es ya privado, desde el pavimento de las calles hasta la luz. Y ni qué decir de la merma constante de los salarios de los pobresores, por no hablar de los demás empleados. Cuando entré en la UAM, recién llegada de una maestría en el extranjero, mi Universidad me dio mejor salario que lo que Procter and Gamble me ofrecía como gerente de marca. Poco a poco, mi paga –que no mi productividad— se han ido devaluando hasta que ahora gano el equivalente al seguro del desempleado en USA. Entre llorar y reír, prefiero reírme de la pensión que me va a tocar. A mi me gusta la globalización, pero que se globalice la justicia y la equidad, que todos los y las profesoras del mundo ganemos lo mismo. Y no sólo las profesoras, también las secretarias, las auxiliares, que tengamos la misma dignidad laboral todas las compañeras.
Pensé en los cursos de actualización y capacitación que he tomado gracias al programa sindical, en los 7 años que me costó el primer doctorado y (que conste que ahí funcionarios y sindicato se unen para el bien); en los apoyos que recibí para imprimir las tesis, en las ayudas para posgrados. Recordé que mis hijas fueron a unas guarderías donde hasta yo aprendí a ser mamá, y pude ser mejor maestra; a esas guarderías fueron los hijos de algunos rectores, ahí éramos iguales, y luego los hijos se encuentran en la vida y se reconocen del CENDI. Durante un sabático emprendí un segundo doctorado –ahora lo terminaré en menos tiempo, pues ya aprendí--; en fin, muchos apoyos y ayudas sindicales que, al margen del salario, me han instado a superarme. Todo gracias al contrato colectivo.
-- Oye, ya sé que a veces no me gustan sus estrategias, pero yo le estoy agradecida al SITUAM. No sé si quiero perder lo del contrato colectivo. Si se me fue la representatividad, pues quiero recuperarla. Como siempre, en las huelgas aprovecho para leer y ponerme al día, calificar todo. ¿Te acuerdas cuándo íbamos a las unidades en huelga y entrábamos a las asambleas, y los grandes colegas economistas o las estudiosas de las universidades discutían nuestras condiciones académicas, y daban lecciones de sindicalismo, de pensamiento constitucional? Tenemos un sistema de ingresos y promociones ejemplar. Concursos de oposición y comisiones dictaminadoras. Aquí no sucede lo que en esas universidades privadas del tamaño de un edificio en Tlalpan o en la Condesa: “Dile a tu cuñado que se venga a darme unas clases de comunicación. –Pero si es abogado. No importa, ya veremos cómo lo arreglamos”. No digo que no haya compadrazgo entre académicos, tal vez sí, pero no es la norma. Hay que distinguir. Me parece que, como en los matrimonios de muchos años, nos hemos ido distanciando, crecimos en diferente dirección y ya no nos reconocemos. ¿Habrá sonado la hora del divorcio? Cuando menos, estoy dispuesta a discutirlo con todos los miembros de la familia, incluidos los alumnos y las “autoridades”.

-- Creo que no se acuerdan de que los académicos somos muy valiosos, somos respetados y reconocidos por la comunidad nacional. Dicen que además de dar nuestras clases, producimos casi el 10% de la investigación de todo el país. Imagínate, no importa que en el TEC o en el UNITEC, se titulen vaporosamente más alumnos; en la UAM creamos conocimiento, gestionamos el patrimonio intelectual, marcamos rumbos para el desarrollo. A lo mejor nuestros alumnos se tardan un poco más, pero tienen mejores oportunidades a la larga. Y su identificación con el proyecto “México” –y sus ejemplares instituciones laborales, de compromiso social-- es evidente.
-- Siempre podemos re significar nuestras instituciones, auto regularnos como se dice en lingüística. Me acuerdo de los tiempos gloriosos en que la que luego sería Rectora de la Unidad, jugaba básquet bol durante las huelgas, mientras esperaba su turno en las asambleas. O cuando los rectores comían en la cafetería de la Unidad, y siempre se les acercaban los alumnos, los empleados. Rectores y alumnos, profesores y empleados, todos y todas somos la Universidad. Tal vez tengamos que aprender nuevas estrategias y discursos, sin olvidar que lo nuestro es educar, formar seres humanos, orientar el desarrollo de la comunidad y no la producción en línea o la maquila. A lo mejor ya se les olvido que todos somos seres humanos.

A un@s cuant@s les propuse ir a ver al Rector, ir a ver al Secretario, que después de todo son profesores como nosotros. Pues anda, vete tú y nos cuentas Por eso fui a la negociación. Para ver al hombretón que no es tan malo como me lo imaginé, y al otro, a la cabeza del Situam, que habló en voz baja y pausada para darle la bienvenida al Secretario y su equipo, que por primera vez pisaban el local sindical para una negociación. Las cosas han cambiado, el mundo cambió, ya estamos en el tercer milenio, hasta el PRI paso ahora a ser la oposición.

–Oigan, podemos ir a decirles que estamos vivos, que nos preocupa mucho todo esto, que ya queremos que se arreglen. La universidad somos todos y todas. Ellos también ingresaron a la UAM bajo un contrato colectivo ¿Quiénes son estos que se están peleando? Después de todo, en Azcapotzalco votamos por que no hubiera huelga. Pero hay que proceder con ciudado en eso de un nuevo sindicato. Los abogados laboristas lo saben, que te aleccionen los sociólogos.
Yo sólo quería ver, enterarme de lo que pasa, de lo que hacen y dicen estos dos bandos que mantienen cerrada mi Casa Abierta Al Tiempo. Me gustó verlos sentados respetuosamente, unos frente a los otros, los de abajo esforzándose por ser escuchados, los de arriba, por escuchar. Saber elimina la angustia. Tenía que saber. Hace ya más de un mes que no veo a mis estudiantes, que no sé nada de Rolando, ni de Guillermo, ni de Yesenia o Cristina. ¿Regresarán a las clases, estarán haciendo sus tareas? Hace ya dos quincenas que no recibo mi salario. Quiero que se acabe la huelga y que sigan las negociaciones. Algo moderno, mas a tono con los tiempos, huelgas de eficiencia, asambleas repentinas… Extraño mi Casa.
Marzo de 2002
Hoy, domingo de Pascua, 23 de marzo, ya llevamos mas de 50 dias en huelga, tres quincenas sin cobrar, ¿y mis estudiantes? ¿y los de provincia? ... Me voy a misa al Altillo, y a rezarle a San Judas Tadeo que es el patron de las causas imposibles y del trabajo. Ojalá mañana se arreglen.. y a ver cuando se arregla la vida universitaria.

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